Instagram no es el enemigo, ni el origen de todos nuestros males; problemas de autoestima y adolescentes van de la mano como la Navidad y la nostalgia, o la música ska y los treintañeros chavorrucos que siguen usando frosts en el cabello como si fuera 1999. No quisiera que protegiéramos a los muchachos y muchachas del hoy al grado que no puedan soportar la más mínima tensión o situación difícil, porque vamos, en la vida, es lo único realmente garantizado aparte de la muerte.
Mas tampoco ayuda el ver cuerpos perfectos bronceándose en alguna playa del Mediterráneo.
Hace años, escribimos sobre ese arte perdido de guardar un secreto, y siento que esta situación se ha agravado tanto que no sé si es que las generaciones más jóvenes experimentaran algo como el guardarse unas cosas; todo está disponible, a toda hora, en todo momento. Tú nombre, tus gustos, tu sexualidad, tu arte, tus sueños, tus amigos, tus enemigos, tu experiencia laboral (o falta de ella) y empiezo a pensar que ese será, para bien o para mal, hacía dónde marcha el mundo sin cesar: un futuro en el que el concepto de tener una vida privada, ajena al ojo de los demás sea tan lejano y extraño como lo es en el hoy la idea que las mujeres no pueden votar (al menos, en teoría debería ser, fuera de algunos rincones de la Internet que siguen lloriqueando porque unas señoras “arruinaron” a los Cazafantasmas).
Y es que, no es como si fuera comprensible hasta cierto punto el atractivo de las redes sociales: ofrecen una gratificación instantánea al alcance de un clic. Compartir un pensamiento, una idea, algo, puede proporcionar a algunas almas solitarias aquello que deberían recibir en casa pero que no lo hacen: aprobación. Así pues, para muchos, es una especie de romance bizarro en el que nos hace sentir bien, aunque sea por un momento, y vernos más grandes de lo que en realidad somos.
¿Es acaso adictivo? No lo sé, pero en ocasiones admito que así se parece: likes, vistas, comentarios, compartidos, retuits, estrellas, pulgares arriba… pueden tomar muchas formas, pero el resultado es el mismo: una ligera inyección de bienestar no muy diferente a fumar un porro o meterse speed en las venas; no se resuelven todos tus problemas (en muchos casos, de hecho se hacen peores), pero por un instante, por unos segundos, se siente bonito.
No pido abolir las redes porque, bueno, eso sería idiota, hipócrita (es probable para empezar que hayan llegado a este texto a través de alguna) e inviable, y eso sin mencionar que las redes de hecho SÍ tienen un poder positivo… cuando se les sabe enfocar, al igual que toda la tecnología. Pero no está de más, así como enseñamos a cierta edad a los muchachos que el subproducto de una noche de calentura puede ser un problema de al menos 18 años, puede ser que nos estemos viendo lentos como sociedad y debamos recordarles a nuestros jóvenes que los objetos en la pantalla del teléfono son, en muchos casos, mucho menos reales y glamorosos de lo que aparentan.
¿Es esto un poco una concesión? ¿Aceptar que el genio ha salido de la botella y que no volveremos a experimentar privacidad como solía ser? Quizá. ¿También es posible que suceda un desastre, nuestra tecnología quede obsoleta y tengamos que regresar al medievo? Algo, y más con el Agente Naranja coloreando con su particular estilo la Casa Blanca, pero no contaría con eso (y a pesar de lo amargado que pueda sonar respecto al panorama, TEMO MUCHO MÁS a un mundo sin computadoras que a uno con ellas). O tal vez, puede que los secretos se sigan manteniendo; porque por más que nos muestren una realidad, no existe garantía que esa de hecho sea real, y entonces, lo real, es el secreto verdadero.
En pocas palabras: cambiamos mucho para quedar igual, y bien ese puede ser el gran tema de la historia.
Shalom camaradas.
Anthony Tesla, es autor de The Hopewell Club.
Léela en Wattpad: https://www.wattpad.com/story/1633225-the-hopewell-club


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